Fiesta de la Candelaria

virgenLa fiesta se inicia mucho antes del 2 de Febrero, que es solo la señal de partida de los ocho días de celebración oficial. Desde principios de Enero, un rumor poderoso de zampoñas, quenas, tarcas, trombones y bombos se instala en el aire de Puno hasta caer la tarde. A la luz vacilante de los barrios, las comparsas ensayan con verdadero fervor religioso el próximo homenaje a la Mama Candelaria. Falta casi un mes para el día central, pero es imposible no sentir ya el temblor de fiesta que electriza la atmósfera.

El padre Rubén Vargas Ugarte afirma que la tradición empezó en 1583, pero también aquí esta fecha es meramente referencial. En verdad, es posible que la fiesta actual hunda sus raíces en tiempos pre-hispánicos y que —cambio de fecha y de ropaje de por medio—la Virgen del Carmen, a pesar de haber sido traída desde España, no sea mas que la Mama Pacha rediviva. ¿ Será la canastita que Mama Candela lleva en su mano derecha un símbolo de esta alianza ? Y su mano izquierda, ¿ no portara un rayo—illapa—metamorfoseado en vela ? También podría ser que los que los innumerables cirios que la adornan no sean las luces de la fiesta medieval de la Purificación de la Virgen, sino la representación enfervorizada de las candelillas que en los socavones acompañan a los mineros. O que, además, los fieles vean en la imagen simultáneamente a una virgen de mejillas sonrosadas y a la mujer de piel cobriza que todos los días les procura el sustento.
Como sea, la devoción por la Mamacha es altiplánica, y casi todos los pueblos de la región, de una u otra manera, la honran. Su santuario principal esta en Copacabana, Bolivia, pero las celebraciones peruanas no tienen nada que envidiar a las que se realizan en el vecino país.

PolleraEn la ciudad de Puno, la sede del culto es la pequeña iglesia de San Juan. En ella, a lo largo de los nueve días previos al 2 de Febrero, se llevan a cabo diversos actos de preparación religiosa. Es el llamado “novenario”, durante el cual se cantan misas desde la aurora, se decora suntuosamente el templo y la imagen es vestida con las galas que para la ocasión han mandado a confeccionar los padrinos. Y es que, a pesar de las distorsiones que a introducido modernamente la natural expectativa de jolgorio de los turistas que por esa época repletan la ciudad, la fiesta no ha perdido su profundo espíritu religioso. El “albazo”, un entusiasta estrépito de cohetes y camaretas, da inicio a la celebración oficial y por la tarde la virgen sale a recorrer las calles. Como en las grandes procesiones coloniales, en diversos puntos del trayecto se levantan altares ante los cuales la venerada imagen se detiene a recibir el homenaje de los oferentes. La manifestación de fe reúne a todo el pueblo, encabezado por el obispo, y dura hasta el anochecer.

Aunque la fiesta ha evolucionado a lo largo de los años y es cada vez mas mestiza, la presencia indígena es todavía notable ella se expresa a través de danzas como los choquelas, los pulis-pulis, los chirihuanos o los ayarachis, que compiten con otras propiamente mestizas, como los carnavales, las morenadas o las diabladas de intenso colorido. La primera, por ejemplo, es una coreografía que imita a unos cazadores en la labor de atrapar a los animales por medio del chaco o rodeo y tiene indudables raíces prehispánicas.

Durante ocho días nadie descansa en Puno. A la ciudad han confluido conjuntos de todas las provincias y los grupos recorren sin cesar las calles. Como toda fiesta auténticamente popular, La Candelaria compromete los cinco sentidos. La música incisiva de los sicuris y comparsas; las formas extravagantes de las mascaras y el colorido intenso de los trajes, unos típicos y otros de “luces”, es decir de fantasía; el aroma y el sabor de los platos que se preparan al aire libre en medio de nubes de humo —desde los criollos anticuchos hasta los mas típicos de truchas y pejerrey, pasando por el infaltable chancho—; en fin, el roce de los cuerpos en los bailes y las aglomeraciones: todo sume al participante en un torbellino de sensaciones y explica la fascinación que siguen ejerciendo celebraciones como esta.

MamachaLa fiesta tiene un marcado carácter competitivo. El espíritu de emulación lleva a las agrupaciones de danzantes a hacer esfuerzos extraordinarios, no solo en lo físico, sino también en lo material. Lo mismo sucede con el padrino, el “alferado”, que debe efectuar fuertes desembolsos —ayudado por su familia— para cumplir con la responsabilidad que sé a echado a los hombros y que solo es retribuida con el prestigio que otorga el haber servido de ese modo a la virgen. Desde fines de la década de los sesentas, la competencia de las agrupaciones se ha trasladado al estadio monumental de la ciudad.

Durante la octava todas las comparsas encargan misas especiales, ocasión que aprovechan para, ya en el atrio, homenajear a la Mamacha con su arte. También en este periodo se lleva a cabo la elección del nuevo “alferado” y por supuesto continúan los juegos artificiales.

Finalmente, al octavo día, la virgen asoma a las puertas de su templo para despedirse de sus fieles hasta el próximo año. Los instrumentos enmudecen, se guardan los trajes, se retiran del anda las flores marchitas. En el aire, sin embargo , queda un eco que no termina de extinguirse cuando ya es otra vez Enero y un poderoso rumor de zampoñas, quenas, tarcas, trombones y bombos se alza hacia el cielo de puno.

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